La conjugación de los hechos

 

Hubo un tiempo en que ustedes se amaban. Usted inclinada sobre la ventana recién abierta fumando un cigarrillo mirando hacia la calle y usted acostado, medio tapado, medio dormido. Usted miraba los gatos que pasaban corriendo por la calle, desierta y neblinosa, que a esa altura parecían ratas… ratas, gatos, qué más da. Usted entonando un leve tango, acostado medio dormido, medio tapado. Usted tirando las colillas del cigarrillo por la ventana, que caían sobre la calle desierta y neblinosa sobre la que corrían ratas o gatos. Usted acostado, medio tapado y dormido, entonando levemente un tango, pensando que esas colillas caían sobre la calle, desierta, sin saber que sobre la calle desierta corrían gatos o ratas. Usted inclinada mirando las colillas caer sobre la calle, desierta y neblinosa, llena de gatos o ratas, escuchando el leve tarareo del tango y pensando en él medio tapado y dormido, tarareando un leve tango, mirándola desde atrás, las piernas, las nalgas, y, viéndola tirar las colillas del cigarrillo por la ventana hacia la calle. Usted recostado apoyando un codo sobre el colchón, mirando desde atrás las piernas de ella, sus nalgas, el cigarrillo golpeteando para dejar caer las colillas a través de la ventana que da a la calle neblinosa por la que corren gatos o ratas sin saber que pasará un hombre caminando, con un paraguas en la mano aunque ninguna nube cubra el cielo. Usted inclinada sobre la ventana, pensando en la mirada de él detrás suyo, sobre sus piernas y nalgas, y dejando caer, frenéticamente, las cenizas del cigarrillo a través de la ventana que da a la calle sobre la que corren ratas o gatos entre la neblina y sobre la que, ahora, camina un hombre con un paraguas, aunque ningún indicio señale lluvia próxima. Usted apoyado en su codo, viéndola a ella que mira hacia la calle neblinosa sobre la que corren gatos y ratas y camina un hombre con un paraguas, sin saber que en el cielo no hay ni habrá nubes que justifiquen el paraguas de aquel hombre, sin saber que aquel hombre pasaba por la calle que ella miraba a través de la ventana y sin saber que aquel hombre levantaría el brazo y abriría, también frenéticamente, su paraguas, en un gesto injustificado porque el cielo nunca estaría tan despejado como aquella noche.

Yo sabía que usted, plantada en la ventana mirando la calle neblinosa y antes desierta sobre la que corren ratas o gatos, reconocería mi gesto con el paraguas. Sabía que usted estaría tirado reponiéndose de la todavía caliente actividad en la cama, tal vez mirándola a ella desde atrás, sin saber que ella miraba a un hombre que pasaba y hacía un gesto con un paraguas que no intentaba justificar alguna lluvia. Sabía también que usted tendría que estar fumando para poder descargar, desde la ventana que daba a la calle, hacia esa calle, los restos de un cigarrillo que no terminaría de fumar completamente. Sabía que usted, incluso más despierto, incluso apoyado el codo sobre la cama ya menos caliente, incluso mirándole la espalda y las nalgas, no sabría que las cenizas del cigarrillo que caían sobre la calle desierta no eran lo que realmente eran.

Yo sabía de un tiempo en que ustedes dos se amaban. Sabía que usted lo amó; sabía que usted la amó. Sabía que usted esperaba un hijo de otro hombre y que usted sabía que ella había estado con otro hombre pero no que esperaba un hijo. Y usted sabía que él sabía. Usted, en cambio, no sabía que ella sabía que usted sabía que ella había estado con otro hombre.

La cuestión es que usted lo dejó de amar hace tiempo y empezó a salir con alguien. Por su parte, usted la dejó de amar hace poco cuando descubrió, sin sospechar que en algún momento ella sabría que usted sabía que ella salía con otro hombre. Usted quedó embarazada justo después de enterarse que él sabía que usted salía con otro hombre y este simple temor la excitaba aun más. Usted, luego de enterarse que ella salía con otro hombre, pero sin sospechar que ella lo sabía, comenzó a dejar de amarla intuyendo, tal vez, que si ella salía con alguien más era porque ya no lo amaba.

Sin embargo, ahí están, ambos acostándose, en una habitación con una ventana que da a la calle desierta y neblinosa sobre la que corren ratas o gatos. Usted fumando y usted medio dormido observándola. Y aquí estoy yo, levantando el paraguas, en un gesto que no pretende detener una lluvia que no va a venir sino indicando que recibí el mensaje del cigarrillo dejando caer cenizas sobre la ventana. Y ahí está usted, observando mi paraguas abrirse, comprendiendo que yo recibí su mensaje del cigarrillo.

Lo que vino a continuación ustedes no lo sabían con exactitud. Usted desde la ventana solo tenía que enviar y recibir las señales, lo demás me lo dejaba a mí. Usted, acostado en la cama, por supuesto no sabía nada de señales de cigarrillo o paraguas abriéndose en la noche desierta. Usted sabía, en la ventana que daba a la calle, fumando, sabiendo que él no sabía nada y que le miraba la espalda y las nalgas, que luego de que mi paraguas se abriera solo pasarían unos segundos para que llegara lo peor. Pero usted, en la cama, mirándole la espalda y las nalgas a la mujer que ya no amaba y que no lo amaba pero que, sin embargo, estuvo allí para acostarse, esa noche, desierta, de gatos y ratas que corren por una calle, desierta y neblinosa, no sabía que le ocurriría lo peor.

Y yo, caminando por esa calle, desierta, con gatos que corren y parecen ratas, sabía que entraría al edificio, subiría las escaleras y súbitamente abriría la puerta de aquella habitación, que estaría sin llave, vería la cama donde estaría usted, que estaba mirándole la espalda y las nalgas a ella, pensando que ya no la amaba, pero sin imaginar que hace un momento, sobre la calle, desierta, neblinosa, con gatos, hubo un intercambio de señales para indicar que era el momento preciso para entrar y matarlo.

Las Palabras y las Cosas

Observaba detrás de una empalizada de personas y de libros. Estaba sentado en el centro de la sala, rodeado de tres mesas que formaban una U invertida y sobre ellas los inmensos ejemplares. Apenas si había un pequeño espacio que ocuparía mi lapicera, una taza de café y cualquiera de los miles de ejemplares que se habían impreso para la primera edición. Detrás de la empalizada de tomos había otra empalizada. Personas. Gente. “¿Quién es esta gente?” Una detrás de la otra con su ejemplar en la mano, no hacían más que oídos sordos a los gritos de los empleados: “una fila por favor, una fila… bah…”. La gente se agolpaba en torno mío, haciendo temblar las mesas, las cosas sobre ellas, y yo sentado, pequeño ante la inmensidad que me desbordaba por completo. Nunca fui una persona alta, aunque me enorgullecía de mi estatura media, pero estos son los momentos en que uno empequeñece: cantidades de otros hombres y mujeres que vienen a ver a un este ser chiquitito que ahora soy yo. No entendía cómo los del fondo, o sea, los que estaban en la calle, sabían que yo efectivamente estaba allí. Quizá no lo supieran y nadie allí estuviera por mí sino porque veían que se acumulaba la gente y se quedaban, de curiosos nomás. La gente es así a veces: curiosa. “¿Quién es la gente?”

La marea era interminable. Apenas veía quién traía un ejemplar, detrás de la empalizada de libros, firmaba rápido, sonreía, apenas levantaba la mirada, firmaba rápido, asentía, esbozaba una sonrisa, firmaba… Indefinidamente repetía mi accionar. Una máquina, probablemente, podría expresar con justas palabras mis homogéneos movimientos, las vacuas sensaciones. A veces miraba a los empleados, ya desbordados, caídos, vencidos ante el aluvión. Los únicos que se encontraban apacibles eran los editores y los dueños de la editorial que sonreían. “¡Claro!” Con esa mirada que denota satisfacción. Porque resulta que era un record. Ellos lo habían previsto. “Obvio”. Pero casi que me gustaba imaginarlos sorprendidos a ellos también, caídos, vencidos ante la inmensidad de todo eso. Pero, hoy por hoy, los números son todo. Y los números son infinitos y ni siquiera la infinitud les alcanza para sorprenderse porque aquello era infinito y lo tenían ante sus ojos. Y yo no vi –siendo franco–  ni una pizca de sorpresa.

Yo seguía firme ¿eh?, con la espalda recta en la silla demacrada que me habían dado, soportando todo a mi pesar; porque creo que en el fondo disfrutaba tal éxito, y comprendía como necesaria mi tarea de mostrarme al público, al fin y al cabo ellos son los que me daban de comer, si no fuera por ellos no estaría en el lugar que estoy. Claro que algo sospechaba sobre este iracundo y voraz aparato de reproducción mecánica que reposaba en mi escritura; y que ellos alentaban, por supuesto: “Un poquito más largo, cien páginas más, tal vez. Podés agregar un poquito más de descripción en la mitad ¿viste? En la parte en que todo transcurre en París. Cien o ciento cincuenta páginas más estaría perfecto”. Pero no le daba bolilla a todo esto, yo escribía sinceramente… presionado, pero sinceramente. Mi fuerte eran las descripciones, por eso me las pedían todo el tiempo. Yo asentía, naturalmente, nunca estaba de más algún que otro paisaje, algún que otro bar, algún que otro puterío o motel. Pero agradezco que me publiquen. Una vez exigí que todos los tomos fueran de tapa dura, con una buena encuadernación, porque con tantas páginas seguramente corríamos el riesgo de que algunas hojas se escapen. Por lo visto no pudieron hacerlo para esta edición, la tapa blanda era de buena calidad, igual que el papel pero… en fin, todos sabemos que una buena encuadernación es una buena encuadernación.

Las horas transcurrían y yo seguía allí, la taza de café se había convertido en una incipiente botella de agua fresca que ya pronto pasó a estar natural a causa de la calefacción en el ambiente. Yo transpiraba a más no poder, casi no sentía el brazo, ni la muñeca, ni la mano, los movimientos repetitivos habían entumecido todos los músculos. Pero ya faltaba poco, el sol caía y la gente comenzaba a dispersarse. Los tomos, sin embargo, seguían rodeándome, formando un escudo rígido ante las miradas.

En cierto momento escuché la voz que me hablaba desde abajo, seguramente un nene, pensé. Solamente podía escucharlo, la empalizada no me permitía verlo.

– Don, yo no tengo plata para comprarle un libro, pero todos me dijeron que sus historias son muy buenas. ¿No podría, al menos, darme algún papel con su firma? Tal vez pueda cambiarle eso a alguien por un libro suyo.

Esto me tomó desprevenido. Miré hacia mis costados, buscando un papel para firmar. Increíblemente no había ni uno solo y me daba lástima romper y sacar alguna hoja de uno de los tomos que me rodeaban. Me levanté entonces. Sentí cómo todo mi cuerpo tensionado se estiraba de repente haciendo crujir los huesos, las articulaciones. Pude comprobar que, efectivamente, el que me hablaba era un niño que no debería tener más de once o doce años. Temía quebrantar la solidez del muro de libros que me rodeaba, entonces me di vuelta y pedí a uno de los empleados que me pasaran un tomo de las cajas. Cuando lo tuve en mi mano pude ver la sorpresiva apertura de ojos de los editores. Les pregunté qué sucedía. Pero más bien ellos preguntaron, ¿Qué está haciendo? ¡Qué pregunta!

– Le voy a dar uno de mis libros al pibe.

– ¿Uno de sus libros?

– Sí, uno de mis libros –Aquella charla no podía tener sentido.

– No, mire: va a tener que encontrar una manera de regalar las palabras que ha escrito, porque tanto el papel como la encuadernación los mandamos a hacer nosotros. Ningún libro se regala. Si alguien quiere un ejemplar, que pague los doscientos cincuenta pesos.

FIN

Nota: Este cuento se llamaba, en principio, “La Reproducción”. Luego decidí cambiarlo al que está ahora. No es que prefiera más a Foucault que a Bourdieu, simplemente creo que está mejor así.  De todos modos siéntase libre usted, lector, de pensarlo como si fuera un cuento con dos títulos.

The grass so green. Skies so blue. Spectre is really great!

Caminabas con los ojos bajos pero no mirabas desde abajo. Instintivamente veías cualquier pared blanca con cientos de formas multicolores que la alegraban como te alegraban a vos misma. Tu revolución era una ciudad en la que confundíamos el verde del pasto con la vereda idéntica. La revolución era ver la gente caminar tranquilamente por la calle llevándose puestos los muros de las casas pintados del mismo color del cielo. La calle aparentaba vacía para los perros que luego eran arrollados por los autos pintados de color transparente. La gente iba del mismo color transparente: era muy tentador pasar desapercibido. Las calles se tornaban desiertas a los ojos del turista que rápidamente cambiaba su atuendo, se desvestía, se pintaba.

Poco a poco lo gente comenzó también a pintar su voz, a pintar sus sentimientos, a pintar sus decisiones, a pintar sus lágrimas.

Cuando nadie supo nada del otro tuvieron que desarrollar la habilidad de leer aquellos sentimientos, que siempre habían estado ocultos, pero nunca como ahora. Lo lograron y así se quedaron porque no hay más colores que el transparente.

Y vos seguías caminando con los ojos bajos. Fuiste la primera que lo hizo.

Viejos

Soy tan nostálgico de mi vida, añoro tanto el pasado, aborrezco tanto el presente, mi frase célebre es “todo pasado fue mejor” que, ya finalizando esta frase, el comienzo de la misma se me apetece bello pero perdido pasado a la vez.

Un hermoso paisaje nocturno

El dolor penetraba lentamente en lo más profundo de tu corazón. Sentías cómo miles de cuchillos se clavaban uno por uno en tu pecho. La primer cuchillada había llegado antes de que pudieras siquiera contener el aliento para atenuar el dolor. La carne comenzaba a abrirse ante tu expectante mirada, sin que pudieras hacer nada para evitarlo, el dolor como jamás lo habías  experimentado. La sangre, brotaba como un manantial sobre tu ombligo, hacia tus pies, saltaba hacia todas partes. Observabas que su ajustada vestimenta blanca no lucía ningún manchón rojo. Podías ver cómo te clavaba uno por uno los cuchillos en tu corazón, su tarea era inexpugnable, no había nada que hacer para detener el sufrimiento sino esperar el momento en que terminara. Pero el final estaba lejos, quedaban miles esperando el turno de saborear tu corazón. Podías verlos tirados a tu alrededor, te rodeaban, recostados sobre el pasto verde, haciendo fila.

Los minutos corrían largos. Tu sorpresa, sin embargo, no era debido al ataque sino al tamaño de tu corazón que ya albergaba 500 cuchillos dentro suyo. 600. 700. El dolor se te tornaba insoportable, deseabas estar dormido porque sabías que de un sueño podrías despertar. Anhelabas el final. Hubieras deseado poder volver a tu mundo de fantasía, allí donde podrías construir los castillos que te protegerían por siempre de los ataques.  Olías la sangre que nunca dejaba de correr y veías lo cuchillos que nunca dejaban de entrar. La sensación de que entraban y rasgaban la piel como si fuera papel y a las arterias como si fueran simple seda ya te parecía algo natural, no por eso menos cruenta.

Después de mucho tiempo (ya perdiste la cuenta) sentís las manos blancas acercarse (abrirse como nunca nadie antes las haya abierto) y tomar los cuchillos con una fuerza que nunca has experimentado en tu vida. Por un instante experimentás el alivio de que ya todo está por terminar. La mano gira. Los cuchillos también. Luego salen. Y explota la sangre. La lluvia roja inunda todo el derredor.

Tu mirada baja lentamente hacia tu pecho, allí están. Miles de tajos, surcos, pozos y agujeros infinitamente profundos dentro tuyo. Te ocupás de vestirte nuevamente, de salir y volver a la situación que te atañe. A tomar mate con tu termo en la plaza. Pero ya nadie te mira igual o acepta siquiera tus cebadas. Ni tú miras igual a nadie o compartes el mate como antes. El miedo es intenso, la carne roja.

 

No estabas preparado para mil cuchillos ni lo estás ahora. Ya la noche cae, como mil cuchillos o como un llamado inesperado, con noticias inesperadas, en medio de la cena.

Caminata sobre el pavimento


La vuelta a casa que lo tenía acostumbrado por la calle ahora pavimentada dibujaba su figura negra encapuchada y el humo saliendo estrepitosamente de su boca, confundiendo el germen del cáncer de sus pulmones con el aliento caliente del cuerpo. La neblina dejaba ver apenas unos metros delante de él o a sus costados donde las sombras negras correteaban debajo. Seguramente serían pequeños roedores en su festín habitual antes de que del horizonte brotara la luz y los persiguiera lenta, pero siempre carceleramente; al menos hasta el próximo ocaso. Veía las casas mal construidas una al lado de la otra, acurrucadas con el fin de aprovechar al máximo el espacio posible. Sus inquilinos también estarían acurrucados dentro, buscando el calor, un hálito de piedad en la noche fría que no sería dada por la estufa eléctrica ni por el acolchado sino por los sexos. Los techos se erguían temblorosos en cualquier lado que mirase, duros y largos, enchapados que protegían igual de inútilmente de una pedrada como del sol de verano; que dan esperanzas vanas la primera vez que se instalan pero que con el tiempo carcomen los sueños, resquebrajan las paredes y sufren ante las pisadas ágiles de los felinos nocturnos que siempre son muchos y de patas pesadas.

Caminaba solo y desde lejos se lo veía ir, rodeado por la blancura de la bruma a su alrededor. Decían que allí la niebla pesaba y apretaba más en las calles, ahora pavimentadas. En su barrio “bajar a la calle” significaba lo contrario. El pavimento había destruido la virginidad de la tierra y la había sepultado para siempre. Milenios había visto el cielo aquel suelo marrón, ahora negro-blanco-azulado a causa del progreso. La prisión era más dura desde entonces: el viento levantaba menos polvo pero no menos velocidad. En realidad aumentaba y corría como los coches que escapaban diariamente de alguno de los tantos robos bien efectuados y hacía llorar todos los ojos salvo los de los miopes, siempre protegidos. Los pasillos no se distinguían: era un trámite perderse a esas horas. Y era fácil correr cuando se oían unos zapatos, ahora distinguibles a causa del pavimento. Las épocas del camuflaje con el barro quedaron atrás dando lugar al camuflaje más efectivo de la neblina, que ahora se amontona ostentando un reinado tal, que los plebeyos que osaban mirarla debían caminar cuidadosos con la mirada siempre fija en el próximo metro y con el ceño fruncido para no caer en las trampas de la noche. Se dice que los segundos más oscuros son los anteriores al amanecer. Allí es cuando caen los cuerpos, enredados y atravesados por el filo defensor. Caen y tiñen de rojo el pavimento nuevo.

Las Risas

Un día descubrí que empezaba a crecer,

sentí y lloré y creí.

De pronto fui un varón que no tenía mujer

y quise poderla conseguir

¡qué tonto fui!

Se rió de mí.

Y, ¿qué iba hacer?

me reí también.

Dime quién me lo robó – Sui Generis

– Me gusta mucho esta cita. Es escuchar esto cuando tenés 14 años. Escucharlo a los 21 y que te siga generando lo mismo.  A mí me gusta creer que hay personas que gustan de cimentar aspectos de su vida con canciones. Me gusta creer que esas personas existen. Existen de hecho. Ciertamente el que escribió este texto se rió muchas veces. Ahora entiende, al escuchar estas melodías, el por qué de algunas risas que…

[Interrumpe] – ¿Solamente de algunas? Muchas diría yo.

– Ciertamente… muchas. Pero ya lo dijo Lord Baelish: la vida no es una canción, querida. Algún día lo descubrirás, y será doloroso.

Palabras que enseñan, palabras que sueñan

Quieron compartir con ustedes los textos que he adquirido últimamente y que me van a tener ocupado en mis momentos de lectura veraniega . Son casi como un auto-regalo papanoeliano. De paso hago recomendaciones, alguno, aunque sea uno, espero, sueño, imagino, que al menos va a guglear a los autores y sus obras.

Así como uno, cuando viaja por primera vez a un lugar, se relame pensando que allí hay nuevos paisajes que lo están esperando a uno, cual amigo deseoso de ver a su eterno compañero luego de una temporada de ausencia, ¿no creen que es precioso saber que a uno lo esperan palabras, párrafos, conocimientos y aventuras nuevas allí, tan cerca como el mismísimo escritorio donde uno posa su vista cada día de su vida?

Enseñan

El Fin de los Medios Masivos – Carlón/Scolari [editores]

Reúne textos de:  Mario Carlón, Carlos Scolari, Eliseo Verón,José Luis Fernández, Sandra Valdettaro, Paolo Bertetti, entre otros.

Conducta, Estructura y Comunicación – Eliseo Verón

Escritos teóricos 1959-1973

Imaginarios Urbanos – Néstor García Canclini

Reúne 3 Conferencias de N.G. Canclini expuestas en el año 1996 sobre temáticas amplias sobre los Imaginarios Urbanos, Cultura, Posmodernidad.

Fronteras Globales – Lila Luchessi/María Graciela Rodríguez  [coordinadoras]

Compilación de textos de diversos autores, entre ellos: Stella Martini, M.G. Rodríguez, Lila Luchessi.

Nota del Redactor: Recomiendo casi autoritariamente que lean Canclini y Verón, si alguno de ustedes está interesado, con gusto pueden pedirme prestado alguno de estos tomos (una vez que yo hay terminado con ellos, por supuesto).

Sueñan

Primer tomo de la Saga Canción de Hielo y Fuego de George Martin, publicadooriginalmente en 1996 en EEUU.

Debido al éxito de la serie y el próximo advenimiento de la segunda temporada, decidieron (al fin) editar este primer tomo en Argentina. Con planes de que para junio de 2012 ya estén publicados los siguientes 4 tomos que han sido publicados hasta el momento.

Nota del Redactor: Patético que hayan esperado a esto, es decir, esperaron 15 años para publicar una de las más originales sagas de los ultimos años. Me atrevo a afirmar lo anterior si bien recién voy promediando la mitad del libro. Hace 5 años que esperé para tenerlo en mis manos, ahora mis ojos se deleitan como hacía tiempo no se deleitaban.

Una Doble Profundidad

 

Esta historia está basada en hechos reales

 

Ya había, él, pasado a la segunda etapa de la parálisis del sueño. Esta instancia era mucho más aterradora que la primera: uno debía despertarse dos veces para poder despertarse. Lógicamente, como todo el mundo sabe, la parálisis del sueño es ese estado donde uno se está ni dormido, ni despierto. O tal vez, como afirman algunos, se está dormido y despierto simultáneamente. Esto es porque en el momento en que uno despierta, solo lo hace la mente y lentamente, luego, el sentido auditivo y táctil. Pero el cuerpo no responde.

Infinitas veces (este hombre ya ha olvidado cuántas) sintió despertarse y que su cuerpo le fallaba. Podía sentir la almohada debajo de su cabeza (la mejor de la casa, la más cómoda, podía darse el gusto de elegir esa almohada porque vivía solo; como la mayoría de los que sufren la parálisis), podía sentir la sábana que lo cubría (delgada, fina; no tenía colcha porque era casi verano), podía sentir la radio sonar (aparato que luego de varios experimentos, es el que le indica que la vida real existe y se desarrolla por fuera del inconsciente en el que se encontraba) y al locutor diciendo la temperatura y la humedad; podía sentir al mosquito sobrevolar sobre su oreja (desesperado, no puede mover su mano, ni cabeza… tiene que sucumbir a la picadura letal).

Pero ya conoce el plan: primero, la desesperación penetrará como un viento helado, y experimentará la respiración agitada y más pesada. Pero luego, deberá calmarse, ir de a poco, lentamente, del mundo donde los sueños reinan al mundo donde los sueños huyen pavorosos de quienes los persiguen; ir del mundo oscuro de reglas flexibles, al mundo riguroso de reglas luminosas. Para lograr esto deberá mover lentamente los dedos de los pies, esta se convertirá en la empresa más dura jamás realizada por el hombre, pero de a poco el cuerpo tieso empezará a responder el mandato de su dueño y no el mandato de los sueños de su dueño.

Pero el tiempo también se acaba, la respiración se acorta, ya el aire no llega bien a los pulmones, la sangre comienza a detenerse, la radio se va apagando, siente a la muerte susurrando la sentencia final. Entiende que no logrará dar ese salto, ese paso hacia el afuera.

Todo se detiene entonces. Ha muerto. En ese instante, la fuerza que antes no brotaba, salta hacia todas partes, explota, invade los músculos y en esa última hazaña, en ese último hálito, logra despertarse.

Siempre fue así, todas las veces escapa por un pelo de quedar atrapado en su propio calabozo mental, de quedar inerte en su cuerpo, ahora sí atrapado como en un envase cerrado tanto por fuera como por dentro. Hasta ahora siempre ha vencido. 21 años ha disputado esta batalla, y aunque se sepa experimentado, sabe que la guerra aún no termina.

Como salido de la nada, su cuerpo se yergue, abandona la cama, la almohada, la sábana, se calza las ojotas; todavía tambaleante y temblorosos del gran esfuerzo realizado; su vista nublada, porque la vista es lo último que regresa de aquel mundo.

Pero ese hombre no despertó, siguió dormido. Su despertar esta vez no fue a la realidad sino a un nuevo sueño. Un sueño más cálido, por supuesto, pero porque era la primera vez.

Más tarde regresará al mundo real, porque de los sueños comunes y corrientes uno vuelve más fácil. Y cuando eso suceda y reflexione sobre lo sucedido, su horror irá en aumento día a día. Porque ahora sus noches tienen una doble profundidad. Un sueño adentro de un sueño. No le cabrá esto en la cabeza porque no puede imaginar tales martirios. Se adentrará en pensamientos, ya despierto el hombre, sobre qué sucederá cuando sus despertares sean eternas parálisis del sueño, cuando se sienta morir y un último esfuerzo lo rescate solo para caer en una nueva parálisis. Cuando lo real esté tan lejos y cuando la profundidad sea cada vez más honda.